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SECRETO ETERNO
QUISE SER PUTILLA
MI 1ª VEZ
NOCEH AÑO NUEVO
EXPERIENCIA XX
Clamando a la providencia por mesura, suspiré azorado ante la plenitud de su belleza. Beldad magnificada por la sutil armonía de las castañas sombras de un tenue maquillaje, aplicado con el mayor cuidado sobre el leve destello de su dispersa mirada. Misteriosas farolas de dorada languidez encontraste a la dulce faceta del pálido rostro, apenas teñido por el claro rubor de la mórbida infamia. -¡Maldito de mí!-exclamé- .Mil veces he jurado corregirme y mil veces he faltado a mi promesa. Y deje entonces hacerse el silencio, y permití a los castaños parpados caer sobre las doradas farolas. Difuminada a través de las volutas de vapor que ascendían de la tasa de té que tenía enfrente, la grácil figura de bucles azabaches y hermosos trazos se entregó sin más a un pesado letargo. Con la inconciencia fluían también, como las ondas ligeras del mar al alba, las reminiscencias traídas por el atormentado sopor. “Me he enamorado de usted” decía aquella carta con la que comenzaba todas las noches el mismo sueño. Desvaríos febriles de muchacho. Y a continuación se sucedía una comedía representado por una rápida serie de amargas postales.
La veía a ella, mi madre, llorando a mis pies - ¿En qué momento pasó esto?- decía ella, mientras silencioso me limitaba a dirigirle una mirada compasiva. Lamentaba tanto todo aquello, más por causarle dolor que por creerlo endiabladamente antinatural. Veía también a Sofía, mi enamorada de toda la vida. Con ella venían acompañados los recuerdos de la recién dejada atrás infancia, las manzanas acarameladas, los bombones cubiertos de chocolate, los bailes y las carpas de la feria. Nuestros juegos de chiquillos y su amor fraternal. Sentía vivamente sobre los labios aquel primer beso que me diera hacía años frente a la fuente de azulejos del jardín y veía aún con horror el rostro del hombre muerto que encontramos entre la maleza del arroyo.
Me veía entonces a mí, con una estúpida sonrisa que trataba de denotar tranquilidad, estaba de nuevo ante mi madre. Trataba yo de aligerar el duro golpe con palabras que nada explicaban-Te aseguro que de esto nadie tiene la culpa- dije por fin con tono indiferente.-Tratas de buscar una explicación, pero a lo largo de mucho tiempo he aquí la única que he logrado encontrar: Yo simplemente he nacido así. “Pero usted no puede contestar a mis cartas- proseguía el extraño texto-, pues usted no existe. Es usted sólo una imagen. Cada noche con un rostro distinto, una historia diferente. Una noche la diva, otra noche la compañera, la muchacha bonita, la artista. Eres tú todas las imágenes juntas. La mujer, aquel asunto peligroso y desconocido con el que sueño, con el que me lamento y me doy fortaleza en momentos agitados. Y te he escrito tantas cartas ya, con tantos motivos. A ti, Fernanda, Gabriela, Laura... Con frases confusas, con ideas extrañas. Escritas todas al calor del momento, sin propósito, con el único fin de aclarar mis ideas. ¿Que cómo soy -te lo he contado tantas veces ya- en nada diferente a los demás. Sencillo, sin ningún atractivo, soy como aquella muchacha de la novela de Virginia Woolf "Las Olas", ahí donde ellos tienen rostro, yo no lo tengo. Ellos viven en un mundo real, con objetos que pesan, y cuando les preguntan saben qué contestar. Cuando van por la calle y se cruzan con alguna persona, no se ríe de ellos en sus narices. Por eso los imito, por eso trato de ser como ellos. Y sin embargo guardo también un terrible secreto”. Era aquel un extraño tête à tête. Concertado desde la licenciosa espontaneidad del adormecimiento. El yo racional, mesurado, atormentado por la culpa y dispuesto a todo por cambiar. El yo romántico. Torpe enamorado de la mujer, taciturno y retraído. Capaz de escribir complicadas cartas a una novia que no existe y nada puede contestar. Frente a aquella eterna prisionera, que melancólica, clama todas las noches por salir de su cruel encierro. Maldito de mí. ¿Porqué he tenido que nacer así?
De pronto un sobresalto. Escuché con horror el crujir de la puerta del salón, seguido inmediatamente por las doce campanadas del reloj. “Han llegado, están aquí y me muero de miedo” me dije, mientras jugueteaba nerviosamente con la cadenilla dorada del reloj que llevaba prendido a la estrecha cintura. Estaba de espaldas a la puerta, mirando plácidamente al fuego.
Mi corazón exacerbado palpitaba con un vigor hasta entonces olvidado. Era el mismo impulso que me hacía probarme las ropas de mi prima de pequeño, el mismo desazón y desconcierto que había hecho ingrata mi adolescencia-¡Ah!, miserable sensación-. Tenía apenas unas dos semanas de haber llegado a la casita de campo de mi tío y ya me había metido en semejante lió. Ahora estaba ahí, vestido en el ceñido vestido de muselina gris, esperando al par de criados que habían descubierto mi secreto. De ahora en adelante, o hasta que encontrara una solución, debería de verme degradado a satisfacer todas sus oscuras perversiones. Yo, el señorito de la casa. El niño mimado cuya tía había rescatado de la pesadumbre que le destruía después de la muerte de sus padres. Cuyo tío pensaba legarle toda su fortuna y cuya hermosa prima, Sofía, le había amado desde siempre. Yo el sensible joven entregado de lleno al estudio de Goethe, de Schiller, de Byron, de Pope. Yo debía servir a ellos. Pues nada de eso le importaba a aquel par de patanes. Yo debía darles gusto, yo debía... Yo debía... -¡Ea!, Pedro. Ya estamos aquí muchacho- dijo el más joven y atolondrado.. -Mejor será que no olvides lo que hemos pactado, o de lo contrarío nos veremos obligados a contarle todo a tu tía.- Agregó Juan, el más viejo y vil de ellos.
Nada contesté, no tenía ningún caso. Juan bien lo sabía, sin decir nada más se echó de un salto al mullido sillón, y tomando la delantera me acercó a él con uno de sus robustos brazos. -Vamos a ver muchacha, tendrás que estar con los dos. Pero te daremos el privilegio de elegir a ti el orden en el cual deberás servirnos. -Los prefiero a los dos a la vez, así terminaremos más pronto-contesté. -Como quieras.




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